No todos somos guapos

Partamos de la base de que todos estamos a favor de la aceptación personal. Y parto desde aquí a modo de escudo. Está muy bien eso de quererse, un poco, de asimilar nuestro ser e incluso de estar orgullosos de nosotros mismos —aunque daríamos un ojo propio porque otros lo estuvieran de nosotros—. A veces, vemos a personas muy válidas martirizándose y no lo entendemos y les animamos a aceptarse, porque todos tenemos algo y todos adolecemos de algo. Hasta aquí todo muy bien.

Bajo esta premisa prosigo. Porque veo una tendencia cada vez más extendida en el mundo conectado que no creo que sea positiva del todo, aunque naciera con buenas intenciones. A ver cómo lo digo… ¡NO TODOS SOMOS GUAPOS! De igual modo que no todos somos inteligentes ni lo hacemos todo perfecto. No, vuestro hijo no es el más guapo ni el más listo. Con suerte, destacará en algo y será mediocre en lo demás, como yo, como vosotros, como el que está sentado a vuestro lado.

Pero la tendencia actual parece confundir la aceptación con la idealización. Me parece perfecto que quieras estar continuamente enseñando tu cuerpo en las redes sociales, porque es tuyo, pero no me lo parecen tanto esos comentarios de «eres la persona más guapa que he visto». Ya te lo digo yo, probablemente no lo seas. Es más, probablemente seas del montón. Y añado, hasta puede que seas feo, extremadamente delgado, gordo o, simplemente, nada fotogénico. ¿Te priva eso de mostrarte orgulloso? No, pero tampoco te convierte en modelo. ¿Qué pensarías si publicaras en la red un dibujo como los que hace cualquier niño de seis años y la gente te dijera que eres el mejor dibujante?

El halago fácil no ayuda, sino todo lo contrario. Los padres que les dicen a sus hijos que son los mejores en todo les están haciendo el futuro algo más difícil. No hay que tener miedo a decir la verdad o a intentar que el otro vea otra realidad distinta a la suya. La corrección o la crítica parecen ofender a todos hoy en día. Lo políticamente correcto nos invade por doquier. Todos somos bellos, listos y olemos genial. Pues no. Debatamos, enfrentemos a las personas a otra realidad que, quizá, no pueden ver. Es más dañino seguirles la corriente que incordiarles un momento (siempre que sean personas que están dispuestas a escuchar nuestra opinión, no hay que ser impertinente), pues ahora todos se ofenden por nada. No se trata de decirle todo a todos. El debate y la argumentación se están perdiendo, porque todos partimos de premisas que para nosotros son inviolables. Nos juntamos en grupos de similares y creemos que todo el mundo tiene nuestras ideas, y quien no las tenga es que está equivocado, pues mi entorno piensa lo mismo que yo, no podemos estar equivocados. Formamos burbujas de opinión y zonas de confort, rodeados de personas que no nos llevarán la contraria jamás, que nos dirán que somos ideales en todo lo que hacemos. Pero eso no es más que una jaula de cristal, vivimos en una pecera dentro del mar. Si todos los que te rodean en la red piensan como tú y son siempre agradables contigo, piensa en que algo va mal.

La próxima vez que subáis una foto y todo el mundo os diga que sois la persona más bella del mundo, pensad en lo del dibujo cual niño de seis años, y asomad la cabeza fuera de la madriguera, veréis que gran mundo se abre. Porque este es mi cuerpo y mi mente, los acepto como son e intento mejorarlos cada día, pero sé que no soy perfecto. Así que no vengáis con vuestra palabrería fácil de telepredicador, porque es imposible que todos seamos los más guapos y listos. ¡Qué mundo tan aburrido resultaría!

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No, no eres escritor

¿Has escrito una novela y las estás moviendo por tu cuenta? ¿Escribes relatos para concursos, Wattpad u otros fines?

Probablemente tu familia y amigos, tu entorno en general, estarán encantados contigo y te dirán lo mucho que vales. Mientras, tú bramarás por la imposibilidad de darle salida comercial a tus textos. La sociedad no sabe. La calidad no se aprecia. Las editoriales no quieren a gente nueva. No comprendes porque no ganas dinero con lo que haces, si todos te dicen lo bueno que eres. Lo siento, no te engañes, no eres escritor. Escribir no te convierte en escritor, como cocinar no te convierte en cocinero. Escritor es una profesión y, desgraciadamente, tú no te dedicas a ello, aunque hables de “nosotros, los escritores”.

Hoy en día hay más escritores que lectores, mala noticia. Todos tenemos libros que hemos escrito, que pensamos que son la revolución, que a nadie se le había ocurrido antes hacer una novela negra cuyo protagonista es un policía rudo, antisocial, que no respeta las reglas y que tiene un sórdido pasado; o que esa obra de fantasía marcará la diferencia con sus protagonista hechicero-guerrero, pero diferente a los demás, ¡eh! Como tu libro hay millones, y es que, probablemente, ni tu prosa esté a la altura. Si de toda la gente que escribe, un 10% fuera decente, ya sería algo increíble.

Te indigna la piratería, porque por su culpa la gente no compra libros. Está bien, te compro tu indignación, pero lo que no iban a hacer es comprar tu libro a miles. Hay tanto dónde elegir…

Pero que no seas escritor, no quiere decir que no llegues a serlo. Sigue escribiendo todo lo que puedas. Sobretodo trabaja y trabaja en mejorar. Mueve tu obra. Porque es difícil, sí, pero no imposible. Y cuando un día tengas calidad y la suerte de que alguien se fije en ti, podrás decir aquello de “Ya soy escritor”.

 

Yo no soy escritor

 

Esta dama no necesita quién la salve

Aunque suelo decantarme por la libre elección a la hora de escribir. También pienso que realmente no somos libres del todo, sino que nos vemos influidos por nuestra educación y en el entorno. Y es de ahí de dónde vienen nuestros roles de géneros predefinidos en la literatura. Desde pequeños siempre vemos los héroes masculinos y las socorridas damiselas en apuros a las que salvar, impregnándose en nuestras mentes poco a poco.

Cuando nos decidimos por escribir, siempre tiramos de clichés de género: el policía rudo que se salta las normas, el guerrero imbatible o la malvada bruja. Partiendo de la base de que no me gustan las novelas estereotipadas, he de reconocer que son una mayoría, sobre todos en las de género. Y creo que es un error que hay que evitar,  que tenemos que abrir más los personajes.

Y no me refiero a pasar del guerrero más fuerte a la guerrera más fuerte, porque eso sería una masculinización del personaje femenino hacia un rol ya de por si hipermasculinizado. La mujer no necesita ser igual que el hombre para destacar en una obra de aventuras. Ella puede protagonizar nuestros relatos desde otro punto de vista, con otra forma de actuar. Volviendo al caso del policía rudo, su versión femenina no tiene porque ser igual de ruda, puede aplicar otro métodos para resolver el crimen, por ejemplo la empatía, la palabra, la escucha o la astucia; y no porque no pueda ser ruda, sino porque cambiar la palabra hombre por mujer no es feminizar. No se trata de que haya más personajes femeninos, sino que los que haya tengan su propia personalidad y peso en la novela. No es cuestión de cantidad, sino de calidad.

Hoy en día en la literatura, ninguna dama necesita ya del hombre que la salve, pues sabe salvarse ella solita.

Que tus allegados no te frenen

Hoy os cuento algo sobre esas temidas críticas de tus seres más cercanos. Cuando por fin te lanzas a escribir una novela (aunque esto vale para cualquier faceta artística) llegará el temido momento de contárselo a alguien. Pero más difícil aún será dejar que la lean, y llegará.

Por mi experiencia os aviso, no os toméis estas opiniones al mismo nivel que la de un sitio especializado en reseñas y opiniones. Oirás que juzgan ciertas cosas de tu libro que jamás criticarían de novelas profesionales. «La historia no es creíble» «Te enredas mucho en descripciones» «le falta ritmo», estas pueden ser algunas de las frases que te dirán, pero a la vez son capaces de leerse novelas de 1000 páginas dónde se tiran tres capítulos describiendo una cena sin nada más que aportar, y luego le sigue un capítulo en el cual ocurre casi todo lo sustancioso.

Cuando juzgamos a los nuestros, no lo hacemos con objetividad y le exigimos inconscientemente que reúna lo mejor de cada gran escritor. Esto puede ocurrir también cuando alguien se entera que el autor es novato o independiente, su mente dice «Ey, voy a demostrar que no vale para esto».

Mi consejo: Filtrad muy bien las críticas, ponderándolas adecuadamente según de quién vengan. No os desaniméis y buscad opiniones objetivas y especializadas. Para eso son fundamentales los blogs literarios que con tanto esfuerzo sacan adelante gente desinteresada y amante de la literatura.

Reseña: El océano al final del camino

El océano al final del caminoEl océano al final del camino by Neil Gaiman

Nota: 8/10

  • Originalidad: 9
  • Estilo: 9
  • Historia: 7
  • Personajes: 8
  • Impacto: 7

Sinopsis:

Un adulto vuelve al lugar de su infancia, pero aquel regreso no es meramente físico, sino mental, pues los recuerdos de unas historias más allá de la realidad conocida le vendrán a la mente cuando visite a sus antiguas vecinas.

Comentario:

Con Gaiman siempre me pasa lo mismo, me encanta su sutileza, su suavidad y su magia, pero sus historias no pasan de cuentecillos. Cuando lea una verdadera novela de este autor, creo que me quedaré prendado y será de diez.

En este caso, la narración es increíble y bella. Los personajes, aunque no muy profundos, son los justos y necesarios, pues en Gaiman no sobran elementos nunca; todo está medido al milímetro. Poco a poco te sumergirás en una fantasía propia y diferente que te envuelve como el mísmo océano. Su lectura es rápida y fluída. Se acabará cuando apenas lo estés empezando.

Muy recomendable para lectores jóvenes y personas que por su ajetreada vida, no necesitan un libro demasiado lento.

El valle de sombras

-Aunque ande en valle de sombra, de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo -pronuncié desde lo alto del púlpito.

El calor de la vieja iglesia, abarrotada de gente, contrastaba con la fría humedad del temprano atardecer del invierno que llenaba las calles. La oscuridad, que recubría la parte exterior del edificio, era combatida por las falsas velas de cera, que no eran más que bombillas con forma de débiles llamaradas, que se enroscaban con óxido a las viejas y pomposas lámparas doradas que llenaban el templo. El olor a sudor se sentía desde allí arriba, y hasta yo mismo aportaba mi pequeña gota bajo la blanca túnica. No me era un olor ajeno. Los fríos y ventosos días de invierno nos obligan a salir recubiertos por ropajes de gruesas y nada traspirables capas, y cuando nos adentramos en lugar cerrado y abarrotado, el propio calor humano que desprendemos abarrota las estancias y nuestro cuerpo no tiene más remedio que exhalar todo ese exceso de calor. No les culpo por su lógica reacción física, pues yo mismo soy hombre como ellos.

Al terminar el salmo, miré a los feligreses, agolpados en aquellos viejos bancos de madera repintados para camuflar su mal estado. La luz tenue y cálida vibraba levemente en los filos de las bombillas, y sus reflejos terminaban en las grandes cristaleras situadas sobre la entrada principal. Escenas bíblicas que antaño fueron pintadas eran dibujadas en sus vidrieras. Las observé detenidamente, nunca las había analizado con tanta dedicación. Todas versaban sobre el sufrimiento. En todas ellas alguien tenía la cara desencajada por un dolor inhumano que jamás había visto tan bien representado. Fue como si yo mismo me retorciera de dolor ante aquella visión estática. No podía ver mi rostro, pero sentía que estaba mostrando el mismo gesto de dolor que todos ellos. Cinco representaciones sobre las cristaleras, cinco seres con un sufrimiento inhumano, y todos ellos con exactamente la misma expresión pero sobre distintos rostros. Era una mueca concreta que se repetía en cada escena, y que yo mismo sentía sobre mi rostro y lo más extraño, parecía disfrutar con aquella sensación de dolor.

Pero no era lo único común en aquellos viejos y deslucidos cristales. Otra expresión se repetía, o más bien otra mirada. Todos los que sufrían lo hacían alentados por una sola persona, diferente en cada retrato, pero de igual mirada, como si su cuerpo variara pero no su alma. Sus ojos expresaban deseo de sufrimiento del ajeno. Era una mirada sádica que parecía disfrutar viendo la mejor representación de dolor jamás pintada. Y sobre todas aquellas miradas que parecían una sola, se concentraba un brillo inquietante que procedía del reflejo del tintineo de las viejas luces de la iglesia. Todos los destellos confluían en aquellos cinco pares de ojos de mirada sanguinaria y en ningún lugar más.

-¿Se encuentra bien? -me preguntó el viejo padre Ramón, que estaba oficiando la ceremonia.

Aunque con cierta tardanza, respondí:

-Si, padre.

-No tienes buen aspecto, hijo. Tu cara está como desencajada y tu piel pálida como tu túnica.

Miré al padre Ramón de arriba abajo, como confuso por aquella charla. Él debía estar en plena misa, y no allí subido hablando conmigo.

-Por favor, continúe con la ceremonia. Estoy bien.

-La ceremonia ya ha terminado. Estuve esperando su último salmo, pero como no pronunciaba ni una sola palabra, y estaba aquí inmóvil, terminé yo por usted.

Su viejo y arrugado rostro me miraba con preocupación. Pero yo no era capaz de concentrarme más que en ese hilillo de saliva blanca que se le quedaba pegado entre sus labios al hablar; las gotas de sudor que le caían desde lo más alto de su calva; y sobre todo ese olor, un aroma que no procedía tan sólo del sudor lógico del calor, este olor conllevaba cierto descuido con la higiene personal. Mi mirada se tornó en una mirada de asco. No quería que siguiera allí arriba hablando conmigo pues su aroma penetraba en mis fosas nasales y su imagen se volvía cada vez más repugnante ante mis ojos.

-La gente ya se ha marchado. Se ha quedado como traspuesto. Debe ser este maldito calor fruto de la conglomeración -añadió.

Giré mi mirada hacía el patio de los feligreses y estaba vacío. ¡Era imposible! Hace un instante ellos se agolpaban con sus lánguidos cuerpos, y ahora no había nadie. ¿Cuánto tiempo había estado mirando aquellas representaciones?

-Estoy bien. No se preocupe. Márchese. Yo, mientras, recogeré los libros.

Tan sólo deseaba que se alejara de mí. Sus arrugas cada vez me daban más repugnancia. Era como una uva pasa blanquecina y pegajosa que se acercaba cada vez más a mí. Podía notar su aliento a cada milímetro que ganaba, y con cada acercamiento, yo me inclinaba un poco más hacia detrás.

-¿Está seguro? Parece que no se encuentra muy bien.

-Me encuentro perfectamente. Márchese -respondí bruscamente y con tono iracundo.

Me miró entre asustado y preocupado. En estos dos años, jamás le había faltado al respeto. Pero es que hoy su presencia se hacía extraña en mí, llegando a importunarme con su cercanía. Pero lo más extraño fue que aunque sabía que mi contestación estaba fuera de lugar y no había motivo para ella, no me importaba ni me sentí mal por ella.

-Está bien. No es necesario faltar al respeto.

Parecía molesto, pero poco me importaba, pues se marchaba. Y por cada centímetro que se alejaba, mi angustia parecía disminuir de forma proporcional.

Cuando se disponía a bajar los peldaños de aquella vieja escalera de caracol que daba acceso al púlpito, tropezó y cayó rodando por los escalones metálicos, que se le clavaban con sus bordes en sus viejas costillas, quebrándolas y astillándolas. Pude sentir su cadera romperse en mil pedazos y sus hombros desencajarse. Sentí el olor de sus hemorragias internas como el sintió el sabor en su propia saliva. Noté estirarse los tendones de su tobillo hasta el máximo permitido antes de romperse. Y lo mejor fue poder apreciar el quebranto de tres dedos de su mano derecha. Hasta que se topó contra el suelo, quedando en una posición casi imposible. Estaba de rodillas, con un tobillo hacia dentro y otro hacia afuera. Sus brazos por debajo de su tronco se retorcían en un zigzag de carne y hueso. Y su cuello quebrado hacía que su coronilla tocara el suelo mientras su cara miraba a lo alto, hacía el púlpito, hacía mí.

Estaba vivo, mortalmente herido, pero todavía semiconsciente. Le escuché inspirar lentamente y con dificultad. Y de su boca pareció brotar un intento de palabra entre borbotones de saliva y sangre.

-¿Qué dices? -grité desde mi podio.

Pero no lograba entender que me quería decir.

Bajé lentamente los escalones, sin prisa alguna. Regodeándome en mi buen estado de salud. Una vez a su lado, incliné mi cabeza, como si estuviera haciendo una reverencia y le escuché.

-¡Tus ojos! -me dijo entre mortales sufrimientos.

Me incorporé y miré hacia mi derecha, donde se hallaba un viejo espejo de ostentoso marco de oro. Mis ojos brillaban con el tintineo de las viejas luces de la iglesia, y esa imagen me resultó familiar. Mi mirada era la misma que la de las vidrieras, el mismo sadismo, el mismo brillo y el mismo disfrute del dolor ajeno. Me volví hacia el padre Ramón y su rostro. ¡Oh, ese rostro de maravillosa tortura! Una mueca que concentraba en si misma todo el dolor existente desde la creación. Una mueca tan bien recreada en los cristales y ahora copiada con exactitud en mi viejo mentor.

Ahora nosotros formábamos nuestra pequeña obra de arte. Éramos como una vieja representación bíblica. Éramos la muerte y el sufrimiento humano. Y eso me encantó. Recogí mi viejo libro de salmos y me marché caminando con parsimonia.

El demonio esposado

Lola encendió su primer cigarrillo en ocho años. No sabía porqué, pero había guardado una cajetilla desde entonces, a pesar de que ya no le gustaba nada aquel sabor amargo, pero lo añoraba como el viejo pescador añora el olor a sal. Se sentó sobre el borde de la bañera y subió los pies sobre el bidé. La puerta no sólo cortaba el paso entre el baño y el salón, también suprimía la luz casi hasta el máximo. Se sentía como una sombra en penumbra, pero aquello nada tenía que ver con la falta de luminosidad, o quizás si.

Por un instante volvió a notar los fuertes golpes sobre la madera de la puerta, «boom, boom». Aunque sus oídos siguieran sintiendo un fuerte pitido, su cuerpo se estremecía de las vibraciones de los porrazos. La puerta parecía que iba a ser arrancada en cualquier instante, y los golpes cambiarían de lugar. Aspiró fuerte. Aquel cigarrillo no la aportaba nada bueno, pero qué importaba ya. Se lamió la sangre de la comisura de los labios y continuó dando largas caladas.

Las vibraciones comenzaron a cambiar. Ya no eran fuertes, resonantes y secas. Ahora todo parecía un caos, como una estrella explotando en millones de partículas que algún día formarían otras estrellas. O, al menos, eso quiso pensar ella. «Quién fuera estrella» se dijo. Ahora sentía cristales rotos o maderas crujir, incluso gritos o alaridos, pero sus oídos seguían confundidos con aquel pitido ensordecedor.

Lola se sobresaltó. Un fuerte golpe rompió la endeble seguridad de la puerta, que se estampó contra la pared y rebotó para cerrarse de nuevo, pero no por completo, dejando una apertura por la que brotaba la luz y las pesadillas. Allí le vio de nuevo, a su demonio que venía en búsqueda de su alma. Pero ella sentía que ya no había alma que entregar, pues había sido sacrificada hace tiempo. Vio su pie estirado tras haber propinado aquella patada a la puerta y le vio mirarla con la rabia con la que ardía el fuego de la inquisición. Cerró los ojos y se abrazó a si misma. Fue el primer abrazo en mucho tiempo.

Pero el demonio jamás llegó a alcanzarla, otra vez. Unas manos lo agarraron por detrás, como las manos de los espíritus que se llevan a los muertos. Y tiraron de él hasta reducirlo a un amasijo de carne putrefacta, arrodillado y maniatado; esposado. Ahora el monstruo era una amalgama de michelines, pelos y sudor.

Lola sintió el calor de un abrazo ajeno. Le pareció suave como la ropa de los bebés, y cálido como el gato que ronronea sobre tu pecho. Se dejó llevar. Fue un instante de paz en un ambiente de guerra. Las lágrimas brotaron por sus ojos y recorrieron sus amoratadas mejillas para acabar confluyendo con la sangre de sus labios. Supo que aquella calada fue la última que daría, ya no lo necesitaría más. Y le supo a tabaco, a sangre y a dolor. Dejó caer su cigarro al suelo. Sus músculos se soltaron como si la tensión acumulada los hubiera roto, y su móvil, aún conectado con la policía, se resbaló entre sus dedos. Respiró intensamente y se dejó llevar por el abrazo de aquella mujer desconocida que vestía de uniforme.

Los candados del entorno

A todos los que os habéis decidido a escribir algún relato, os habrá pasado que no os acabáis de sentir totalmente libres con vuestra pluma. Escribís a escondidas durante meses para terminar una obra, sois recelosos de que nadie se entere, porque dudáis de vuestra calidad u os da vergüenza. Pero sois conscientes de que en algún momento ese relato saldrá a la luz y vuestros seres más cercanos tendrán que leerlo. Este hecho de que personas cercanas os lean, me parece el tramo más dificil de superar. Los lectores ajenos no nos preocupan tanto. Y creo que es debido a este miedo, por lo que a veces echamos candados sobre lo que realmente querríamos contar o de qué manera nos gustaría plasmarlo.

¿No os ha pasado aquello de pensar que este tema no le gustaría a mi madre? O como voy a escribir una escena de sexo de un forma tan explícita, si me van a leer mis familiares. E, incluso, el simple hecho de plasmar una emoción oculta puede echaros para atrás porque vuestros amigos no conocen esa faceta vuestra. Porque reconozcámoslo, todos tenemos una faceta oculta.

A esto es lo que yo llamo los candados del entorno. Es dificil librarse de ellos, pero hacerlo puede suponer un gran salto en calidad. Limitarse puede ser sinónimo de historias planas, insulsas o trilladas.

Así que cuando escribáis no penséis en los demás. Y si, aún así, no lográis abrir los candados, creo que es preferible tomar la decisión de no facilitar la lectura a vuestros seres más allegados. Eso hará vuestras historias más profundas.

No, Star Wars no es ciencia ficción

Hoy me he decidido a escribir sobre un asunto que aunque es una tontería, a mí me suele importunar con facilidad. Los géneros, tanto literarios como cinematográficos o teatrales, a veces, son tan dispersos que es dificil ubicarlos en un lugar exacto. Y sobre esto va mi entrada de hoy; en concreto, sobre la diferencia entre ciencia ficción y fantasía, porque a veces tienen una frontera muy difusa, pero otras es evidente su diferencia y el error que se comete con ellos.

Los prejuicios nos suelen causar creencias erróneas, y esto es lo que pasa con estos dos géneros. Cuando alguién habla de fantasía, lo primero que se nos viene a la cabeza es Tolkien, los elfos, los brujos y los hechiceros. Todo ambientado en una especie de época medieval llena de poderes y monstruos. Lo mismo ocurre con la ciencia ficción con sus naves, galaxias, pistolas laser, y demás parafernalia. Y he aquí los dos errores más importantes que yo observo, y que nos llevan a confusión:

  1. La fantasía no es exclusiva de una ambientación medieval.
  2. El hecho de que haya naves y galaxias no es sinónimo de ciencia ficción

Vamos a explicarlo más detenidamente.

La ciencia ficción es un género que se basa en una posible evolución de la ciencia actual, examinando las tendencias e investigación actuales y nuestros conocimientos científicos. En el caso de naves espaciales y viajes astrales es claramente ciencia ficción, pues se basa en la evolución más que probable de nuestros actuales viajes espaciales, suponiendo que mejoren los sistemas de navegación, combustibles y conocimientos científicos. Por lo tanto si una obra narra las aventuras de unos personajes que viajan por el espacio enfrentándose a seres de otros planetas, encajaría perfectamente dentro de este género.

La fantasía simplemente inventa recursos para crear una historia, sin basarse en una posibilidad científica a futuro. El ejemplo más sencillo es los hechiceros, orcos y elfos. Todos estos seres son inventados de la nada o del imaginario popular, pero no tienen razón de ser científica.

Hasta ahí, parece todo claro, pero si pensamos en Star Wars, observaremos que mucha gente piensa que es ciencia ficción al haber naves, lasers y demás elementos tópicos. Pero es un error. Star Wars es un universo ficticio, inventado del todo, que habla de unas galaxias que no existen y se olvida totalmente de muestro mundo actual, sin detenerse a encontrar una explicación lógica, pues carece de ella. Star Wars es un gran ejercicio de imaginación nacida de la mente de una persona, por eso es fantasía. El hecho de que la ambientación parezca futurista no la convierte en ciuencia ficción, pues nos resultaría imposible poder encontrar una posible explicación a la fuerza, las apariciones de espíritus, etc.

Voy a poner otro ejemplo. En este caso hablaré de la saga de Matrix, en la que podemos ver como se pasa de la ciencia ficción de la primera entrega a las fantasía de las dos siguientes.

[Spoiler Matrix]

En el caso de la primera película, nos narran una posible evolución de la robótica, y como los robots sublevados han controlado el planeta y usan a los seres humanos como energía, manteniéndo su mente viva en un mundo virtual creado por ordenador. Todos los saltos, giros, combates que vemos y nos parecen imposibles desde un punto de vista científico, se explican al transcurrir en un mundo virtual, dónde cualquier hacker puede modificarlo para liberarse de las normas. Sin embargo, cuando salen al mundo real, son totalmente humanos normales. Por eso este primer capítulo encaja perfectamente en ciencia ficción.

Sin embargo, si pensamos en las dos siguientes entregas, resulta que el protagonista, ahora tiene el poder de controlas las máquinas tambien en el mundo real, una especie de superpoder. Este simple hecho, convierte la película en fantasía, haciendo, a mi entender, que pierdan la calidad que tenía la primera entrega. No porque la fantasía sea peor que la ciencia ficción, sino porque en la primera se cuidaron mucho de que todo pareciese posible a futuro, y en las otras lo han perdido.

Así, que no, Star Wars no es ciencia ficción

Angola, memorias de un cautivo

angolaAngola, memorias de un cautivo” es mi segunda novela, tras “El ladrón de corazones“. Es una novela corta escrita en forma de narrativa y con alma de ensayo.

Es un diálogo entre dos personajes, un preso y un carcelero; dos personas solitarias que apenas se tienen el uno al otro en aquel zulo escondido en Angola en el que se encuentran. Juntos hablaran sobre la vida, la guerra, religión o política, aportando cada uno su peculiar punto de vista y comprobando que, en dos mundos tan distintos como de los que proceden, sus posiciones pueden ser a la vez distantes o coincidentes.

Angola es la historia de un cautivo, la historia de cómo perder la libertad puede hacerte plantearte las cosas de otro modo. Es una historia sobre la vida ante la ausencia de la misma, de cómo un joven soldado puede enseñarte a que sí siempre ves lo mismo, quizás, debas
mirar con otros ojos. Es la historia de un preso y su carcelero, pero sobre todo es una historia de una amistad aparentemente imposible.

“Para los que viven aun sin vida que vivir.

Para los que sueñan aun sin noches que dormir.

Para los que luchan aun sin guerra que ganar. Para esos héroes olvidados sin poderes que

combaten cada día sin miedo a perder.”

La novela se puede encontrar en formato digital o físico en: PULSA AQUÍ PARA IR A NOVELAS